Es claro que cada paÃs produce su propia identidad cultural y poética producto de los hechos que enmarcaron su realidad social, cultural, etc. Sin embargo también es cierto que no es una condición obligatoria del escritor atarse y sentirse a este precepto. Acá los dejo con una selección poética de escritoras Salvadoreñas que nos evidencian la variedad de formas de interpretar la realidad, los hechos y los anhelos.
Sufre la forma terrenal mi mano
que no advierte primicias del rocÃo,
naciendo con el fruto del verano
y la llama en cenizas del estÃo…
¡En la pura existencia, vivo anhelo
trasciende de una edad desconocida
hasta mis ojos, que empañó el desvelo
de tanto ver asombros de la vida…!
A orillas del tiempo, la fulgente
célula que en mi ser busca conciencia,
asume en sus orÃgenes la ingente
claridad, mas en muerte halla presencia.
El filtro derramado en mi garganta
paladea la lágrima del viento,
y en ola sin volumen se decanta,
mi levedad de sangre en movimiento.
El árbol y la nube me atraviesan
con hoja aguda en otoñal contacto,
y en sus cruzadas músicas empiezan
a brotarme raÃces de lo abstracto.
En la amarilla siembra del otoño
el angular tormento de mi arcilla,
brota con la palabra del retoño,
y la canción azul del mediodÃa…
La flor del aire en levedad suspensa
traza la cifra de inicial elipse,
y de mis ojos trágicos condensa
su transitoria oscuridad de eclipse.
En sueño sin contorno, mi existencia,
hace viaje de vuelta hasta el torrente
sanguÃneo, donde yace la inocencia,
y la primer mañana está latente…
De pie sobre la tierra me equilibro,
como en torres de claro pensamiento
y en mis raÃces más profundas vibro
con lo absoluto de cifrado acento.
Queda la onda eterna entre mi oÃdo,
y en música estelar acompasada,
asciende desde el eco hasta el sonido,
en un proyecto de creadora nada…
Si la música etérea compagina
con la del corazón su vivo encanto,
el tiempo ya no es tiempo, pues se empina
sobre la piel de hielo de mi canto.
Torna mi voz profunda del minúsculo
universo interior hasta la nube,
y hay en la arteria rota del crepúsculo,
la misma sangre que en mi ser contuve.
El huésped en la noche está encerrado
midiendo rumbos y quebrándolos
en espera del alba que se anuncia con sombras.
Púdrense antiguos árboles en su sangre.
Vientos insosegados aúllan en sus sienes.
Un sol orbita fuegos en su pecho
y le agarran el alma desconocidos himnos.
Anda, anda, anda,
pero no pasa de la noche.
Reproduciendo ecos en su hospedaje de años.
¿Cuándo llegará el dÃa que él aguarda
para dar otro canto distinto al de esta noche?
(No hallaremos la senda que oportune el encuentro
de habitantes diferentes?)
La rosa tiene en torno su camisa de aire y siente
el fragor de la tierra por sus antenas invertidas
La lluvia roba cielos y los rompe
contra piedras y pájaros.
En los caprichos estelares
se cruzan las señales de milenarias voces.
El habitante sabe
que aunque esté en cualquier punto
no traspasa la noche de su carne,
el túnel de la noche,
la noche de los ecos,
el tembloroso abismo de las sombras.
Hoy pasa por el puente de sus venas
la sed de un más allá representido,
y se embarca en sus deseos
la posesión de innominadas sendas
para seguir sangrando sobre el mismo camino
sin salvar las orillas de la noche perenne:
rondando con su angustia la esperanza,
congestionado de tinieblas,
oyendo, sobremirando, muriendo,
mordido por los ecos, destrozado en el cieno
y andando los rumbos con sus cansados pasos.
¡Y el eco sigue!
El eco.
Mi eco.
Tu eco.
¡Nuestros ecos!
¡Somos el eco de una palabra dicha
en un dÃa sin tiempos anteriores,
para ser en el vientre de la vida
el errante y perpetuo huésped de la noche!
AmanecÃ.
Vine pisando circulos a desandar relojes.
SubÃ;
Poblé la soledad. Me coroné de agravios.
Soy el gran responsable.
El único de quien puede sospecharse.
Confieso.
he bebido gota a gota el silencio
hasta dejar vacÃas todas las etiquetas.
Que nadie se atreva entonces a levantar el Ãndice.
Que no digan que vieron una sombra.
Que pudo haber mano criminal.
Que oyeron unos pasos.
Yo soy el que muere pisoteando retoños.
El que rompió el milagro.
El intruso de todas las palabras.
Soy el violador de la rosa.
El que reparte sueños en la esquina del miedo.
El que siembra pasión en los crepúsculos.
El que pregunta al diablo por el otro cielo.
Que no interroguen pues a los vecinos.
A la puta de enfrente.
Al mariguano que me ha oÃdo discutir con los ángeles
Al ciego que abre la puerta a las estrellas.
Al niño que recorre la comarca del hambre.
Vengo con mi sentencia a cuestas
y me paro frente a los dueños del mundo
para aceptar mi culpa.
Mi grandÃsima culpa.
Pero no me arrepiento.
No hay contrición señores.
Me atengo a las más graves consecuencias
y proclamo a gritos este monstruoso crimen:
Vivo.
Que no se culpe a nadie de mi vida.
Este vivir golpeándose en el muro
del miedo, de la noche y de la espera,
es un negar la vida verdadera
es un temor secreto, necio, impuro.
Este sentir angustia desmedida
ante el paso inicial de la mañana
portadora del alma presentida.
Es un querer fugarse de sà mismo,
es un cubrir la luz de una ventana,
es un permanecer en el abismo…




