12 poemas de los mas destacados escritores chilenos

Genios de la lengua

La poesía chilena tiene tanta riqueza histórica en variedad de estilos y calidad literaria que ha sido otra empresa difícil hacer una selección de doce poesías representativas de sus mejores exponentes. Así que te invito a un momento de buena lectura, disfrutando del carácter e ingenio de lo mejor de la poesía chilena de todos los tiempos.

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Nicanor Parra (Chile, 1914-)

Mis ojos de plaza pública
Mis ojos de silencio y de desierto
El dulce tumulto interno
La soledad que se despierta
Cuando el perfume se separa de las flores y emprende el viaje
Y el río del alma largo largo
Que no dice más ni tiempo ni espacio

Un día vendrá ha venido ya
La selva forma una sustancia prodigiosa
La luna tose
El mar desciende de su coche
Un jour viendra est déjà venu
Y Yo no digo más ni primavera ni invierno

Hay que saltar del corazón al mundo
Hay que construir un poco de infinito para el hombre

Si no fuera…

Pablo Neruda (Chile, 1904-1973)

Si no fuera porque tus ojos tienen color de luna,
De día con arcilla, con trabajo, con fuego,
Y aprisionada tienes la agilidad del aire,
Si no fuera porque eres una semana de ámbar.

Si no fuera porque eres el momento amarillo
En que el otoño sube por las enredaderas
Y eres aún el pan que la luna fragante
Elabora paseando su harina por el cielo.

¡Oh bienamada, yo no te amaría!.

En tu abrazo yo abrazo lo que existe,
La arena, el tiempo, el árbol de la lluvia,

Y todo vive para que yo viva,
Sin ir tan lejos puedo verlo todo,
veo en tu vida todo lo viviente.

Domingo a domingo

Jorge Teiller (Chile, 1935-1996)

Sólo nos queda mirar la luz de la luciérnaga,
ese último chispazo de la hoguera del verano
flotando en el silencio del bosque.
Miremos la luz de la luciérnaga.
A ella se ha reducido el mundo.

Domingo a domingo se sucedieron
rostros besados
junto a ramos de nomeolvides,
sueños secretos que se espían
entre un confuso murmullo de grillos y relojes.

Ahora no sabemos qué hacer.
La mañana es tan vieja,
y su rocío se evapora en las manos.
No sabemos qué hacer entre los muros desolados.
Damos inútiles pasos a lo largo de la casa.

Sólo nos queda mirar la luz de la luciérnaga,
ese débil chispazo de la hoguera del verano
más breve que la memoria de una ola.
Miremos la luz de la luciérnaga.
A ella se ha reducido el mundo.

Abramos nuestro pecho

Vicente Huidobro (Chile, 1904-1973)

Abramos nuestro pecho
para que el cielo se reconozca
ayudemos a la tierra a sostenerse
a ser grandeza en su manto de recuerdos
y no simple navío en marcha
Que ella sea el pensamiento que la eleva
que sea al sentirse a sí misma
el sufrimiento que arraiga hasta debajo de las tumbas.

Brotan los ríos para hallarse solos
nacen los árboles y las casas de los hombres
se forman razas buscando una flor maravillosa
el mar se mueve para que no lo olviden
todo anhela una dulce comprensión admirativa
¿ Dónde está el hombre y el fundamento oscuro
en dónde está la desventura la voluntad y el ansia ?
Y él aparece en su razón de ser.
¿ Qué buscas hombre de mirada variable ?
Algo que se ha perdido entre los siglos
algo que era nuestro y demasiado grande
tan esencia de todo que no supimos ver
y se nos fue en tinieblas vida abajo.

Niña de las historias melancólicas

Pablo de Rokha (Chile, 1894-1968)

Niña de las historias melancólicas, niña,
niña de las novelas, niña de las tonadas
tienes un gesto inmóvil de estampa de provincia
en el agua de otoño de la cara perdida
y en los serios cabellos goteados de dramas.
Estás sobre mi vida de piedra y hierro ardiente
como la eternidad encima de los muertos,
recuerdo que viniste y has existido siempre,
mujer, mi mujer mía, conjunto de mujeres,
toda la especie humana se lamenta en tus huesos.
Llenas la tierra entera, como un viento rodante,
y tus cabellos huelen a tonada oceánica,
naranjo de los pueblos terrosos y joviales,
tienes la soledad llena de soledades,
y tu corazón tiene la forma de una lágrima.
Semejante a un rebaño de nubes, arrastrando
la cola inmensa y turbia de lo desconocido,
tu alma enorme rebasa tus huesos y tus cantos,
y es lo mismo que un viento terrible y milenario
encadenado a una matita de suspiros.
Te pareces a esas cántaras populares,
tan graciosas y tan modestas de costumbres;
tu aristocracia inmóvil huele a yuyos rurales,
muchacha del país, florecida de velámenes,
y la greda morena, triste de aves azules.
Derivas de mineros y de conquistadores,
ancha y violenta gente llevó tu sangre extraña,
y tu abuelo, Domingo de Sánderson, fue un hombre;
yo los miro y los veo cruzando el horizonte
con tu actitud futura encima de la espalda.
Eres la permanencia de las cosas profundas
y la amada geográfica, llenando el Occidente;
tus labios y tus pechos son un panal de angustia,
y tu vientre maduro es un racimo de uvas
colgado del parrón colosal de la muerte.
Ay, amiga, mi amiga, tan amiga mi amiga,
cariñosa lo mismo que el pan del hombre pobre;
naciste tú llorando y sollozó la vida;
yo te comparo a una cadena de fatigas
hecha para amarrar estrellas en desorden.

El Corazón

Braulio Arenas (Chile, 1913-1988)

Tú hablaste del corazón hasta por los ojos
tú hablaste del fuego hasta por la nieve
por ti yo un día me decidí al azar
para encontrarte

Yo he desatado el nudo del azar
-una mañana me decidí de súbito-
y sólo quien haya logrado desatarlo
podrá entenderme.

Yo he desatado el nudo del azar
un nudo astuto, viejo y persistente
Y esta tarea era semejante
a la belleza

Yo he desatado el nudo del azar
y tú mujer apareciste entonces
mujer azar y azar mujer eran en todo
tan semejantes.

Cuando cierro los ojos

Ãngel Cruchaga (Chile, 1893-1964)

Cuando cierro los ojos yo sé que me quisiste.
Hasta mi sombra llegan tus ondeadas pestañas.
Vienes en un temblor maravillado y triste
y sin mirar mi muerte ríes y me acompañas.

Yo besaré las rosas que perfuman los muros
de mi casa tranquila. Sorberé la belleza
de vetustas ciudades en horizontes puros.
¡Seré como un panal que llora su tristeza!

Antes de que vinieras era el mundo un sollozo;
en sus redes de plomo me envolvió el sufrimiento.
Iba por los senderos sin hallar el reposo
cuando te acercaste besándome en el viento.

La gracia de tu cuerpo, tu hermosa cabellera
viven en mí: los besa mi sangre agradecida.
Algo tuyo hasta Dios iría si muriera.
Mirándome a los ojos has honrado mi vida.

Yo sé que me quisiste. Aunque Saturno tienda
sus redes sobre el mundo no besará el latido
que abrió mi corazón cuando vino tu senda.
¡Toda la eternidad estaré conmovido!

Ausencia

Gabriela Mistral (Chile, 1889-1957)

Se va de ti mi cuerpo gota a gota.
Se va mi cara en un óleo sordo;
se van mis manos en azogue suelto;
se van mis pies en dos tiempos de polvo.

¡Se te va todo, se nos va todo!

Se va mi voz, que te hacía campana
cerrada a cuanto no somos nosotros.
Se van mis gestos que se devanaban,
en lanzaderas, debajo tus ojos.
Y se te va la mirada que entrega,
cuando te mira, el enebro y el olmo.

Me voy de ti con tus mismos alientos:
como humedad de tu cuerpo evaporo.
Me voy de ti con vigilia y con sueño,
y en tu recuerdo más fiel ya me borro.
Y en tu memoria me vuelvo como esos
que no nacieron ni en llanos ni en sotos.

Sangre sería y me fuese en las palmas
de tu labor, y en tu boca de mosto.
Tu entraña fuese, y sería quemada
en marchas tuyas que nunca más oigo,
¡y en tu pasión que retumba en la noche
como demencia de mares solos!

¡Se nos va todo, se nos va todo!

Requiém

Humberto Díaz Casanueva (Chile, 1908-1992)

Ay, ya sé por qué me brotan lágrimas!, por qué el perro no calla y araña los troncos de la tierra, por qué el enjambre de abejas me encierra
y todo zumba como un despeñadero
y mi ser desolado tiembla como un gajo.
Ahora claramente veo a la que duerme. Ay, tan pálida, su cara como una nube desgarrada. Ay, madre, allí tendida, es tu mano que están tatuando, son tus besos que están devorando.
¡Ay, madre! ¿es cierto, entonces?, ¿te has dormido tan profundamente que has despertado, más allá de la noche, en la fuente invisible y hambrienta?
¡Hiéreme, oh viento del cielo!, con ayunos, con azotes, con puntas de árbol negro.
Hiéreme, memoria de los años perdidos, trechos de légamo, yugo de los dioses.
A las columnas del día que nace se enrosca el rosario repasado por muchas manos,
y el monarca en la otra orilla restaña la sangre,
y todas las cosas quedan como desabrigadas en el frío mortal.
¿Acaso no ven al niño que sale de mí llorando, un niño a la carrera con su capa de llamas?
Yo soy, pues, yo mismo, jamás del todo crecido y tantos años confinado en esta tierra y contrito todo el tiempo, sujeto por los cabellos sobre el abismo como cualquier hijo de otros hijos,
pero únicamente hijo de ti. ¡Oh, dormida, cuya túnica, como alzada por la desgracia llega al cielo y flota y se pliega sobre mi pobre cabeza!

Amor Mágico

Rosamel del Valle (Chile, 1901-1965)


Que yo diga que te pareces a lo que eres.
Que yo diga que no haces ruido, pero que brillas.
Que yo diga que es oscura la corona que te ciñe,
Aunque se encienda.
Que yo diga que tu boca es una flor pegada al hueso,
Y que lo sea.
Que yo diga que alguien te ama por mí,
Y que no sea cierto.
Que yo diga que las miradas se te adelantan,
Y que lo parezca.
Que yo diga que eres la estrella de mi frente,
Y que alumbres.
Que yo diga que sujetas los pájaros en el aire,
Y que pierdan las alas.
Que yo diga que vas vestida del color del corazón,
Y que así sea.

Tu ser en mí, mi amor en ti.
El sol grabado en la cabellera de la begonia
De mi cuarto, en la ciudad.
Sola en tu estatua taciturna.
Sola por las ciudades de mi frente.
Sola debajo del árbol del ahorcado.
Amor en amor. La lámpara en ti, el rayo en mí.
Las palabras en un puente entre tu boca y la mía.
Todas las horas, una colina.
El tiempo total, una torre.
Nosotros, las campanas.

Y me voy
Un sol de otra parte
Me tiende la mano.
Y si digo que parto, es que tu frente me retiene.
Y si digo que lloro, es que la noche es ardiente.
Y si pienso que voy a ser el viajero solo,
Es que la tierra se ha abierto.
Y si canto detrás de los meteoros,
Es que el cielo está cerca.
Y si te digo adiós, es que ando
Al compás de la muerte.

Apaisement

Manuel Magallanes (Chile, 1878-1926)

Tus ojos y mis ojos se contemplan
en la quietud crepuscular.
Nos bebemos el alma lentamente
y se nos duerme el desear.

Como dos niños que jamás supieron
de los ardores del amor,
en la paz de la tarde nos miramos
con novedad de corazón.

Violeta era el color de la montaña.
Ahora azul, azul está.
Era una soledad el cielo. Ahora
por él la luna de oro va.

Me sabes tuyo, te recuerdo mía.
Somos el hombre y la mujer.
Conscientes de ser nuestros nos miramos
en el sereno atardecer.

Son del color del agua tus pupilas:
del color del agua del amar.
Desnuda, en ellas se sumerge mi alma,
con sed de amor y eternidad.

Carta del suicida

Gonzalo Rojas (Chile, 1917-)

Juro que esta mujer me ha partido los sesos,
Por que ella sale y entra como una bala loca,
Y abre mis parietales y nunca cicatriza,
Así sople el verano o el invierno,
Así viva feliz sentado sobre el triunfo
Y el estomago lleno, como un cóndor saciado,
Así padezca el látigo del hambre,
así me acueste
O me levante, y me hunda de cabeza en el día
Como una piedra bajo la corriente cambiante.

Así toque mi citara para engañarme, así
Se habrá una puerta y entren diez mujeres desnudas,
Marcadas sus espaldas con mi letra, y se arrojen
Unas sobre otras hasta consumirse.

Juro que ella perdura porque ella sale y entra
Como una bala loca,
Me sigue a donde voy y me sirve de hada.

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