Purificación de la mente
Lo primero será poner la mente en orden, clasificando lo que se sabe, lo que es probable, lo que es posible. Posible llamo a lo que se puede concebir sin repugnancia del corazón y del entendimiento.
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Doy como sabidas, las cosas que son afirmadas en nosotros por el entendimiento, por el corazón, por el instinto y por la intuición. De estas cosas que cada uno sabe, se compone su mundo, y dentro de ese medio se mueve y desarrolla su deber. Se trata de cosas afirmadas, es decir, constantes, arraigadas, vistas con estera claridad.
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Verdaderamente se sabe, aquello que afirman en nosotros sin discordancia, el instinto, el corazón, la intuición y el entendimiento. Si uno de ellos se calla, se abstiene, mi certeza es aún válida; si uno de ellos protesta, ya no hay certeza; si todos afirman, estoy en la evidencia. El instinto es la voz del cuerpo; el corazón, es la voz del alma; el entendimiento, es la voz de la mente; la intuición, es la voz del espÃritu. Sà fueramos puros, bastarÃa la intuición para fundamentar la certeza, puesto que el espÃritu es omnisciente; mas, a causa de nuestra impureza, rara vez nos habla la intuición o creemos tales, las sugestiones de nuestro interés o de nuestro deseo.
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Aquel que verdaderamente anhele conocer, ha de asentarse sobre el desprendimiento. Si el odio, si el deseo, si el interés personal, de familia, de grupo, de secta, de casta, de raza, de nacionalidad, generan en mà el anhelo de que la verdad que busco se conforme con mi querer, entonces la verdad se alejará de mÃ. Más lejos estaré de la verdad, cuanto más cerca esté de mà mismo; más dentro de aquélla, cuanto más fuera y alejado de mÃ. Desprenderse, renunciar, es el camino de toda la verdad.
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La mente es un muy diáfano cristal que de todo se empaña, y ya empañada, no ve, o deforma lo que ve. AsÃ, para llegar a la certeza, he menester diafanizar mi cristal. La tristeza lo empaña; el odio lo oscurece; el interés, la pasión, el dolor, el cansancio, la embriaguez, lo nublan; el bullicio, el afán, la inquietud, el temor, la preocupación, todo aquello que nos encadena al yo, que nos circunscribe y nos limita empaña el cristal de la mente, y nubla nuestra visión de lo real. Serenidad es la clave del conocimiento; serenidad, apacible alegrÃa, en que el ánima se trasfunde en el alma de todas las cosas, y no aspira sino a ver la luz… Cuando la mente alcanza esta plenitud, entonces el velo se descorre, la luz inunda el templo, y la Verdad desnuda, se ofrece a nuestros ojos, blanca y tersa como rosa de nieve que se abrió a las caricias del Sol.
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El Rosal Deshojado
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